El dolor en la zona vulvar o pélvico puede ser una experiencia profundamente desconcertante, frustrante y solitaria, especialmente cuando los profesionales de la salud no encuentran una causa aparente. Muchas mujeres acuden a consultas médicas buscando respuestas, y salen con la sensación de que su malestar ha sido minimizado, ignorado o, peor aún, considerado inexistente: se tarda en recibir un diagnóstico una media de 4 años.
¿Qué es la vulvodinia?
Se llama vulvodinia al dolor persistente en la vulva que se ha sentido más de 6 meses —que puede manifestarse como ardor, irritación, pinchazos, calambres— cuando se han descartado otras patologías. Este dolor puede localizarse en los labios mayores o menores, el introito (entrada vaginal), e incluso en el clítoris.
Por este motivo, es muy común acudir a ginecología y recibir respuestas como: “No tienes nada”.
¿Cómo afecta el dolor vulvar?
Este tipo de dolor puede hacer que actividades cotidianas como sentarse, insertar un tampón, introducir un dedo, utilizar un dildo, realizarse un examen ginecológico, o tener relaciones sexuales coitales resulten imposibles o insoportables. Esta última situación se conoce como dispareunia.
Muchas mujeres expresan que no pueden tener relaciones sexuales. Es importante recordar que el coito no es la única práctica sexual. Esta creencia limitante proviene del siglo XVI, cuando se prohibieron prácticas sexuales que no tuvieran fines reproductivos. De esto escribiré más adelante, porque merece su propio espacio.
¿Por qué el dolor puede extenderse a otras zonas de la pelvis?
Todo el cuerpo está interconectado. Los síntomas también pueden presentarse en otras áreas de la zona pélvica, recibiendo distintos nombres según la especialidad médica consultada. Como explican los doctores Wise y Anderson en su libro Un dolor de cabeza en mi pelvis, el mismo problema puede recibir diagnósticos distintos: vulvodinia, síndrome de uretra, cistitis intersticial, síndrome del elevador del ano, atrapamiento del nervio pudendo o síndrome miofascial pélvico, entre otros. Todo depende del especialista que te atienda y de su propio enfoque.
Una de las causas comunes es la afectación del nervio pudendo, que inerva gran parte del área pélvica. Este nervio nace en el sacro, junto al nervio ciático, y se ramifica en el nervio perineal, el anal inferior y el dorsal del clítoris (o del pene). Por eso, puede influir en funciones como la micción, la defecación, la erección (masculina o femenina) y la sensibilidad, generando dolor o pérdida de placer. El nervio pudendo también merece un artículo completo.
¿Por qué cuesta tanto recibir un diagnóstico?
El tiempo medio para recibir un diagnóstico adecuado de dolor pélvico suele ser de cuatro años. Algunas de las razones son:
1. La medicina occidental divide el cuerpo por especialidades
Nuestro sistema sanitario fragmenta el cuerpo en áreas de conocimiento, lo cual puede ser útil para profundizar en cada sistema, pero también genera una visión limitada. Esto complica encontrar profesionales con una mirada integral que colaboren entre sí. De esta forma, muchas mujeres escuchan frases como: “No tienes nada”, cuando en realidad simplemente no se ha hecho una evaluación completa desde diferentes disciplinas.
2. Falta de visión integradora
Si una mujer tiene infecciones vaginales recurrentes, normalmente se le recetarán óvulos antifúngicos una y otra vez. En ocasiones, la candidiasis también está presente en el sistema digestivo, por lo que una revisión de la alimentación y la introducción de probióticos puede ser clave. Yo pasé cuatro años con infecciones frecuentes por cándida hasta que cambié mi dieta. Ningún profesional me había mencionado esa posibilidad.
Todo en el cuerpo está interconectado: el aparato digestivo, reproductor, urinario, los músculos, los nervios, el suelo pélvico, la cadera, la zona lumbar… incluso la mandíbula. Por eso, dependiendo de la zona afectada, pueden ser necesarios enfoques diversos: ginecología especializada en dolor, urología, fisioterapia del suelo pélvico, osteopatía, nutrición, e incluso psicología o sexología.
3. ¿Un sistema sanitario diseñado para hombres?
Uno de los grandes problemas es que la mayoría de los estudios médicos se han realizado en hombres. Las diferencias hormonales y anatómicas no siempre se consideran, lo que genera un enfoque sesgado de muchas patologías femeninas.
4. La sexualidad femenina sigue siendo invisible
A menudo se minimiza el impacto del dolor en la vida sexual de la mujer. Se suele recomendar un lubricante como solución general, sin valorar el deseo, la satisfacción ni las consecuencias emocionales. Si un hombre atraviesa un tratamiento oncológico, se le informa sobre cómo puede afectar a su vida sexual. En las mujeres, esta información muchas veces ni se menciona.
Además, el dolor femenino se ha normalizado: «Menstruar duele», «el parto duele». Y con esa normalización se dejan de diagnosticar condiciones como la endometriosis.
5. El sistema se centra en silenciar el síntoma, no en comprender el origen
La medicina occidental tiende a tratar síntomas sin buscar las causas emocionales o contextuales. Pero el dolor es un aviso: el cuerpo quiere decirnos algo. Muchas veces, el malestar físico tiene un componente emocional que no ha sido expresado.
Experiencias como una infancia difícil, abusos, estrés laboral, presiones familiares, responsabilidades domésticas o exigencias sociales pueden quedarse atrapadas en el cuerpo, generando enfermedades o dolor. Como señala la doctora Christiane Northrup:
«Una vez que con plena conciencia damos nombre a una experiencia y la interiorizamos, física y emocionalmente, ya no puede afectarnos inconscientemente».
El Dr. John Sarno plantea que emociones reprimidas como ira, tristeza, culpa o vergüenza se alojan en el inconsciente. Para evitar su expresión, el cerebro genera dolor al reducir el flujo sanguíneo en ciertas zonas, disminuyendo el oxígeno celular. Así, el foco se traslada al cuerpo, no a la emoción.
“Las emociones no expresadas tienden a quedarse en el cuerpo como pequeñas bombas de tiempo: son enfermedades en incubación” (C. Northrup, 1994)
¿A qué especialista acudir si tengo dolor pélvico?
La respuesta no es única. La sanación requiere escucha corporal, responsabilidad personal y, muchas veces, un recorrido por distintos especialistas. En general, los pasos pueden ser:
Ginecología: para descartar infecciones u otras patologías.
Fisioterapia de suelo pélvico especializada en dolor: eliminar la tensión en el suelo pélvico y el dolor.
Nutrición: para revisar hábitos alimenticios y salud digestiva.
Sexología: para seguir gozando de tu sexualidad y de la intimidad en pareja.
Psicología o terapia emocional: para abordar factores emocionales, traumas o bloqueos.
Si estás atravesando dolor pélvico, vulvar o cualquier malestar crónico que aún no tiene diagnóstico, quiero que sepas que no estás sola. Lo que sientes es real, y tu cuerpo merece ser escuchado, atendido y comprendido.
Aunque el sistema sanitario aún tenga mucho camino por recorrer, cada vez somos más quienes estamos poniendo palabras al dolor, compartiendo experiencias y construyendo redes de apoyo. La salud integral —física, emocional y sexual— es un derecho, no un lujo.
Sanar no siempre es lineal ni rápido. A veces implica buscar más allá de un solo especialista, salir de lo conocido, cuestionar creencias, incluso tocar heridas emocionales profundas. Pero también es un camino de reencuentro contigo, con tu placer, tu bienestar y tu voz.
Tu cuerpo no está roto. Tu cuerpo está hablándote. Y merece toda tu atención y cuidado.
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Con placer,
Alexandra
Bibliografía:
Al Adib, M. (2019). Hablemos de vaginas. Salud sexual femenina desde una perspectiva global. Madrid: Oberon.
David Wise y Rodney Anderson. (2015). Un dolor de cabeza en mi pelvis: Un nuevo entendimiento y tratamiento para syndrome de dolor pelviano crónico.