Vulvodinia: de vivir con dolor a reconectar con el placer

«Deberás soltar la vida que tenías planeada para poder recibir a la vida que te está esperando” — Joseph Campbell

La vulvodinia es un dolor crónico en la vulva que dura más de tres meses y no siempre tiene una causa física aparente. Puede ser localizada (en la entrada vaginal o clítoris) o generalizada, y se describe como ardor, escozor o pinchazos. Afecta a la vida sexual, al bienestar y a la autoestima, pero con un enfoque integral —que incluya cuerpo, emociones y creencias— es posible reducir o eliminar el dolor.

Durante mucho tiempo pospuse escribir sobre este tema. Tal vez porque hacerlo me obligaba a mirar de frente un capítulo muy intenso de mi vida. Pero también porque necesitaba entender qué había detrás de aquel dolor que me acompañó durante años, y cómo, finalmente, encontré el camino de regreso a mi cuerpo y a mi placer.

Como sexóloga, hoy acompaño a mujeres con dolor pélvico persistente —vulvodinia, vestibulitis vulvar, neuralgia del pudendo, síndrome miofascial pélvico— a reconectar con su sexualidad desde un lugar profundo, libre de exigencias y lleno de posibilidades. Sin embargo, antes de convertirme en guía, yo también estuve perdida.

A los 22 años comenzó un dolor que nadie sabía explicar. Pasé más de una década buscando respuestas, visitando diversos especialistas sin encontrar ninguna que hiciera desaparecer mi dolor. Después de dar un giro a mi vida el dolor se esfumó y estuve doce años sin saber nada de él, de vez en cuando volvía mi mente pensando ¿algún día volverá?… y entonces, de forma inesperada, llegando a la menopausia lo volví a sentir.  En esta recaída volví a intentar confiar en la medicina, pensé que después de tantos años habría habido avances. Me equivoqué, y aunque encontré alivio el dolor no desaparecía. Esto me recordó algo importante: que para sanar no basta con eliminar un síntoma, hay que escuchar el mensaje que el cuerpo intenta comunicar.

¿Qué es la vulvodinia y cómo se diagnostica?

La vulvodinia es un dolor persistente en la vulva que puede clasificarse como:

  • Localizada: en un punto concreto, como la entrada vaginal (vestibulodinia).
  • Generalizada: extendida a varias zonas de la vulva.
  • Clitoridinia: localizada en el clítoris, menos frecuente.

El diagnóstico suele hacerse después de descartar infecciones u otras causas visibles. Una prueba común es presionar suavemente la zona con un hisopo para identificar las áreas de dolor.

? Sabías que… La vulvodinia no siempre se debe a una lesión física. Según la neurociencia, el dolor puede mantenerse activo porque el sistema nervioso “aprendió” a proteger la zona, incluso cuando ya no hay daño.
 
El dolor puede sentirse como ardor, escozor, irritación, calambres o punzadas y aparecer al sentarse, caminar, presionar la zona o tener relaciones sexuales con penetración.
 

Posibles causas de la vulvodinia

Cada mujer es distinta, pero algunos factores asociados pueden ser:

Factores físicos

+ Irritación del nervio pudendo (en su recorrido pasa por zonas donde se puede comprimir)
+ Infecciones vaginales recurrentes (sensibilización central- estado de hipervigilancia)
+ Reacciones alérgicas o irritación por químicos
+ Cambios hormonales 
+ Hipertonía del suelo pélvico (afecta a la estructura interna y nervios que pasan por esa zona)

Factores emocionales y psicosociales

+ Historia de abuso o violencia sexual (acceder a prácticas no deseadas)
+ Estrés crónico
+ Creencias limitantes sobre la sexualidad femenina

? Sabías que…el dolor es una experiencia compleja que involucra al sistema nervioso, inmunológico y endocrino (hormonal)? Estos sistemas trabajan en conjunto y cuando hay desequilibrios pueden mantener o aumentar el dolor. 


Mi historia personal con el dolor pélvico crónico

«El dolor es la alarma del cuerpo cuando la mente no quiere escuchar.» — 

Mi infancia y adolescencia estuvieron marcadas por una desconexión profunda de lo femenino. Crecí pensando que lo masculino era mejor, que ahí estaba la fuerza y el valor. Los modelos de mujer que me rodeaban no me inspiraban: abundaban las conversaciones de maquillaje, compras, ropa, peluquería,… un mundo que no me resultaba interesante. Me faltaban referentes femeninos con los que pudiera identificarme de verdad. Y me centré en encajar en un mundo productivo, ignorando mis ritmos y necesidades.

Poco a poco, fui alejándome de las cosas que realmente me hacían sentir viva, como la danza, la pintura, y el crear con mis manos, para enfocarme en construir un futuro profesional “seguro”, con salidas. Elegí estudiar Ciencias Empresariales, una carrera que tenía salidas pero que no me gustaba, trabajando ocho horas sentada en un empleo que no me emocionaba. Y así, me fui desconectando de lo que sentía, intentando encajar en este sistema lineal, exigente y productivo. Silencié mis necesidades, reprimí mi ritmo natural y me adapté constantemente a los demás. Aprendí a evitar el conflicto, aferrada al papel de niña buena que complace para ser aceptada.

Un día desperté con picores vaginales y flujo espeso. Sin hacerme pruebas, me recetaron óvulos para la cándida. Después del tratamiento seguía con molestias. Cuando el cultivo salió negativo, la ginecóloga ignoró mi dolor y me dijo que no tenía nada. Pero yo lo seguía sintiendo. Fue desconcertante y muy frustrante. Durante mucho tiempo creí que ese momento había sido el inicio de todo. Pero con el tiempo entendí que el dolor no comenzó allí. Que el dolor emocional ya venía desde mucho antes, aunque yo aún no fuera consciente de ello.

Durante cuatro años viví con infecciones vaginales recurrentes, sin una solución clara. Me di cuenta que el problema es que la medicina alopática fragmenta el cuerpo, cuando en realidad todo en nosotras está conectado. Nada en nuestro cuerpo ocurre de forma aislada.

Nadie me dijo que la cándida también podía estar en el tracto digestivo, ni que la musculatura del suelo pélvico se podría haber contracturado, ni que ello podía haber afectado a los nervios y otras estructuras internas. Sin saber a quién recurrir, empecé la dieta anti-cándida por mi cuenta. Las infecciones vaginales desaparecieron. Sin embargo, el alivio fue parcial: el dolor permanecía. Se instaló en mí un dolor profundo, invisible, que perduró trece años. Me hicieron creer que sería para siempre, que era defectuosa, de mala calidad. Las creencias y pensamientos negativos no nos permiten sanar.


El peregrinaje en busca de ayuda médica

Pasé por ginecología, dermatología, neurología, traumatología, neurocirugía y unidades de dolor en busca de una explicación. En un principio, rechacé la ayuda psicológica, porque, desde mi desconocimiento, pensaba que querían decirme que “estaba todo en mi cabeza”. Nadie me explicó cómo funciona el dolor en el cerebro, ni que la experiencia dolorosa es siempre real aunque su origen no sea únicamente físico. Probé medicamentos, infiltraciones y tratamientos experimentales. Algunos aliviaban, ninguno resolvía. Encontré refugio en un foro de vulvodinia, compartir el dolor con otra mujeres que pasaban por lo mismo en un principio me hizo bien, pero también me di cuenta de que me estaba enfocando demasiado en el dolor.

El cuerpo como mensajero

Con el tiempo entendí que el dolor vulvar era un grito de mi cuerpo. Me pedía mirar hacia mi sexualidad y hacia heridas que nunca había nombrado. El dolor estaba en cada paso, cada momento sentada, cada intento de penetración. Me hacía sentir “menos mujer” y temer el abandono de mi pareja. A veces accedía al coito con dolor con ayuda de crema anestésica, algo que hoy no recomiendo. Esta experiencia me ayudó a abrir la mirada y dejar de centrar la sexualidad solo en la penetración.

? Sabías que… Cambiar la forma en que nos relacionamos con nuestro cuerpo y nuestra sexualidad puede ayudar a “reeducar” al sistema nervioso y reducir el dolor.

El libro que me hizo mirar hacia adentro

A los 35 años, recién parida de mi segundo hijo, leí Cuerpo de mujer, sabiduría de mujer de Christiane Northrup. Por primera vez entendí que los síntomas son mensajes del cuerpo.

La autora señalaba que muchas mujeres con vulvodinia habían vivido abusos o maltratos. La primera vez que leí eso pensé que no era mi caso. Cerré el libro. Tiempo después, recordé: antes de que apareciera el dolor había vivido violencia física, psicológica y sexual dentro de una relación.


Reconocer lo que nunca quise nombrar

Me costó admitirlo. Accedía a relaciones sexuales sin desearlo, creyendo que era mi obligación. Él no escuchaba mis negativas. Sin educación sexual ni herramientas, no sabía que sin deseo no hay consentimiento.

Recordé episodios de control, empujones y amenazas. Y comprendí que, incapaz de poner un límite consciente, mi cuerpo lo hizo por mí: cerró la puerta con dolor.


Aceptar para sanar

El primer paso fue dejar de negar mi historia. Nombrar lo ocurrido. Aceptar que no era normal, aunque fuera frecuente. El dolor dejó de ser enemigo para convertirse en mensajero de una herida no sanada.

«Una vez que con plena conciencia damos nombre a una experiencia, ya no puede afectarnos inconscientemente.» — Christiane Northrup


¿Qué me ayudó a que el dolor desapareciera?

No hay un único tratamiento, pero en mi caso funcionó una combinación de enfoques:

  • Eliminar el estrés,  me permití una excedencia laboral. Cuidar el descanso.
  • Dejar de pasar mucho tiempo sentada con cambios frecuentes de postura. 
  • Relajación del suelo pélvico con respiración y movimiento consciente. Al disminuir el estrés dejé de tensar los músculos del suelo pélvico.
  • Higiene suave, sin químicos ni irritantes.
  • Alimentación antiinflamatoria y reducción de tóxicos.
  • Ejercicio de fuerza.
  • Placer más allá del coito.
  • Conectar con el deseo antes que la obligación.
  • Revisión de mi biografía sexual, creencias y límites sexuales.
  • Expresar mis emociones (prácticas taoístas y mi diario emocional)
? Sabías que… El nervio pudendo es clave en la sensibilidad de la vulva. Cualquier irritación, compresión o tensión muscular sostenida puede activar el dolor.

La neurociencia del dolor me ayudó a entender que el dolor no siempre significa daño físico. El cerebro puede mantener activa la alarma por experiencias pasadas, estrés o creencias, y necesita sentir seguridad para apagarla.


De sanar el dolor a transformar la sexualidad

La vulvodinia me llevó a cuestionar la sexualidad patriarcal: coitocentrismo. Descubrí un universo más amplio: presencia, lentitud, relajación, cuerpo, danza, respiración, masajes, juego… Recuperé mi cuerpo como territorio propio.

Sanar la vulvodinia no es solo eliminar el dolor: es reconstruir la relación con el propio cuerpo y el placer.
Vivimos en una cultura patriarcal que ha invisibilizado el clítoris, el deseo femenino y el autoplacer. Hemos heredado creencias que nos alejan de nuestra sexualidad auténtica y nos empujan a priorizar el placer ajeno sobre el propio.

? Sabías que… El coitocentrismo limita la visión de la sexualidad. Existen muchas formas de intimidad y placer que no implican penetración y que pueden ayudar a reconectar con el deseo.
 

Recuperar el placer implica:

+ Escuchar el cuerpo
+ Honrar nuestros ritmos
+ Ampliar la visión de lo que es una relación sexual y del placer
+ Crear intimidad desde el sentir y no solo desde el hacer


Hoy acompaño a otras mujeres

  • Comprender el dolor desde la neurociencia.
  • Escuchar y habitar su cuerpo.
  • Enfocarse hacia el placer.
  • Revisar creencias y guiones sexuales.

«Sanar no es solo dejar de sentir dolor. Sanar es recordar que tu cuerpo es tu casa, tu territorio y tu verdad.» — 


✨ Recuperar tu cuerpo es posible

No tienes que vivir con dolor para siempre. Hay caminos, herramientas y pequeños cambios que pueden marcar la diferencia.

He creado una guía gratuita para ti, donde comparto formas suaves y prácticas de aliviar el dolor pélvico: Quiero mi guía gratuita

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