Cómo tener relaciones sanas.

Fotografía de Romina Farias

Llegó un momento en mi vida en el que me di cuenta que lo que aprendí acerca del amor no tiene nada que ver con lo que es amar en su esencia. Eso supuso el punto de inflexión definitivo. 

Aprendemos a amar según nuestras creencias culturales y las normas impuestas que tenemos a nuestro alrededor, un amor patriarcal basado en el miedo y en la culpa, que existe bajo condiciones, posesión, control, manipulación, invasión, chantaje, amenazas, juicio, comparación, celos… En nuestra cultura se ha normalizado la violencia y la renuncia a ser nosotras mismas. 

En la infancia ya se instauran  las relaciones de poder porque las personas adultas que acompañan a los niños y niñas ya se sitúan por encima; y para conseguir una determinada acción (que dejen de llorar, ir a la ducha, estar bien sentados en la mesa, no cruzar la carretera, no hacer ruido, seguir un determinado ritmo…) se utiliza la violencia, se impone un castigo si no obedecemos (nos dejan de hablar, nos retiran la mirada, o no nos permiten salir de casa…), se grita para imponer la voluntad adulta, se amenaza (si no te portas bien Papá Noel no te traerá regalos…) o se chantajea (si haces…mamá se sentirá muy feliz o te comprará…). En la edad adulta y en cualquier tipo de pareja, se continúa con este modelo de relación porque es lo que hemos aprendido y tenemos interiorizado, el poder de decisión recae siempre sobre la misma persona, imponiendo su voluntad o tomando la decisión que más le favorece, y los conflictos se “resuelven” mediante la violencia. 

No podemos sobrevivir sin amor y haremos cualquier cosa para obtenerlo, para sentirnos amadas. Por miedo a perder o a sentirnos rechazadas, renunciaremos a SER, con mayúsculas, creando una máscara para ser aceptadas y agradar a las demás personas, desconectándonos de nuestra esencia, cediendo nuestro tiempo y poder, estando disponibles sin condiciones para los demás, olvidando nuestras pasiones, olvidando quiénes somos realmente. En definitiva, renunciando a nuestra libertad, esto no es amar. 

Esta forma de amar hace que nos sintamos culpables tanto en nuestro rol como madres como en el de pareja, amiga o compañera laboral. Si nos dedicamos tiempo a nosotras mismas (una cena con amigas, una noche de baile, una formación, un proyecto para crecer laboralmente, nuestras pasiones, o simplemente descansar… en definitiva, aquellas pequeñas cosas que nos hacer sentir vivas y que dejamos a un lado porque “no tenemos tiempo”) la culpa nos pasa factura como si no mereciéramos nada y tuviésemos que agrandar nuestra venenosa lista de renuncias. 

El mito del amor romántico, ese amor que nos hace estar totalmente embobadas y disponibles, centrando nuestro día a día en el bienestar de una sola persona, en formar una familia y tener hijos antes que se “nos pase el arroz”… Y nos hace olvidar que necesitamos tener un espacio propio. Las exigencias en la pareja tienen mucho que ver con “aquello” que no sabemos darnos, con no sentirnos completamente habitadas por nosotras mismas, y en demasiadas ocasiones le cargamos la responsabilidad de hacernos feliz al otro, cuando la plenitud depende exclusivamente de nosotras mismas. Aprendemos que el amor es para siempre, hasta que la muerte nos separe, y para conseguir que dure toda la vida hay que sufrir, aguantar y renunciar, y si no dura para siempre y hay separación, es entendido como un fracaso que genera culpabilidad, volviendo a entrar de nuevo en la espiral del sufrimiento.  

¿Cómo podemos disfrutar de relaciones sanas? 

Mirando hacia adentro, desenredándonos y descubriendo quiénes somos realmente. Validando nuestras necesidades, lo que queremos, aclarando cuáles son nuestros valores, los que nos sostienen para vivir. Observando qué creencia hay detrás de los pensamientos que nos impiden ser auténticas, soltando las viejas estructuras o patrones que no nos sirven, madurando de verdad. Abrazando el momento presente como si lo hubiéramos elegido.  

Aprendiendo a estar sola, para evitar retener a alguien por necesidad, con el fin de no sentir nuestra soledad, nuestro dolor o vacío. La práctica de la soledad deliberada según Clarissa Pinkola no es ausencia de energía o de acción, sino que se utilizaba como oráculo para escuchar el yo interior y pedirle consejos.

Estableciendo unos límites sanos, circunstancia que precisa de un autoconocimiento y claridad de mis necesidades; si esto es así, me serás fácil trazar lo que no permito: el maltrato, las faltas de respeto, la invasión de mi espacio, la manipulación… 

Permitiendo ser, aceptando y amando a la otra persona tal y como es, con su historia y su mochila; y poder mostrarme como soy sin tener que ocultar algunas partes de mí. 

Dedicándome tiempo sin excusas, dándome aquello que necesito y liberando a la otra persona de la responsabilidad de tener que ofrecerme lo que no me doy. 

Cuidar todas nuestras relaciones, sin centrar nuestro día a día en una sola persona. Somos mamíferas y necesitamos nuestra manada. Si vamos tejiendo una red de personas con las que nos sentimos nutridas y sostenidas, depositamos menos expectativas y exigencias sobre la pareja. 

Viviendo el aquí y ahora sin estar creando expectativas, soltando el juicio y el autojuicio.

Construyendo relaciones igualitarias, aceptando las diferencias, respetando los diferentes puntos de vista, aceptando que no existe una única verdad. Ver el conflicto como una oportunidad para aprender y expresar nuestros sentimientos, permitiendo el reposo, expresando y escuchando desde el corazón. 

Abandonando el papel de víctima o de perpetradora, reconociendo, aceptando, y soltando lo vivido por las generaciones anteriores, el sufrimiento de las mujeres que fueron perseguidas, quemadas y sometidas y la culpa que ha generado en los hombres. Es nuestra responsabilidad salir de ese papel, dejando atrás la queja y la culpa.  

Aceptando las rupturas como parte de la vida (el ciclo de vida-muerte-vida), y agradecer lo que nos ha dado la otra persona, lo que hemos aprendido junto a ella, alegrándome por sus logros, es decir, intentando cerrar la relación desde el amor. 

¿Y a ti? ¿Qué más se te ocurre para sanar el amor? 

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